Yo acompañe durante dos kilómetros al hombre que dio la vuelta al mundo en bicicleta.
Yo cogí las manzanas del árbol y las puse a madurar en la cámara alta de la vieja casa de mis abuelos.
Yo engrasé la carrucha(1) con la que subíamos los alpiles al pajar.
Yo hice todo eso porque intentaba engrasar, madurar, mover y hacer viajar a mi corazón en todas direcciones.
He sabido de más personas que hacen cosas así.
Que quisieran vagabundear adormecidas por el traqueteo del carro que arrastra la mula. Que quisieran sembrar sus ojos de montañas y ríos impolutos, de hibernar de cuando en cuando, porque la vida es la cumbre más alta.
(1) Polea